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El garrafón no existe: la resaca es culpa tuya (23-10-2015)



MADRID, Francisco Alarcón hurga en los estante de su laboratorio hasta que encuentra una botella de ron añejo que muestra con orgullo al fotógrafo. En su interior se intuye una mezcla de agua, azúcar y colorante que, con el paso del tiempo, ha criado una pastosa capa de hongos. «¡Menuda guarrería!», se asquea Alarcón mientras devuelve el frasco a su escondrijo.

Esta «guarrería» es el último trofeo del máximo experto de España en garrafón. Una patrulla de municipales intervino un puñado de botellas durante la celebración de la Eurocopa de Fútbol de 2012. Aquella noche, unos vendedores ambulantes vendían cubatas de ginebra, whisky y ron junto a la Cibeles y, para aumentar su margen de beneficio, reventaron los reguladores, que aún flotan en el turbio líquido, y las rellenaron con agua y alcohol barato.

-¿Es habitual encontrar casos así?

-¡Qué va! -dice Alarcón,jefe de la sección de técnicas cromatográficas del Laboratorio de Salud Pública de Madrid.- Cuando llega un caso de garrafón, casi nos alegramos. ¡Es algo tan raro!


El último caso que detectó el mayor laboratorio español fue en 2012.


Sus palabras sonarán a herejía para millones de españoles. Esos que, cada vez que amanecen con las sienes bombeantes por la resaca, recurren a las excusa más fácil: el garrafón. Pero, en su laboratorio, él sonríe. Ha desistido de convencer a sus amigos de que el vilipendiado alcohol de relleno no existe: «Confunden una buena resaca con una mala adulteración...».

No lo dice él: lo dice la ciencia. Cada año, Alarcón analiza entre 100 y 200 muestras de alcohol, más que ningún otro científico en España. Por su laboratorio pasan todas las denuncias por escrito, más decenas de controles aleatorios: este año, se realizarán unos 50 en todo Madrid. La poli del garrafón va a pillar: recopilan su lista de sospechosos con chivatazos de agentes municipales, información de los blogs que denuncian bares que venden matarratas, flyers de garitos que ofrecen barra libre... Y nada: pese a su insistencia, el fraude no llega ni al 1% del total. El ubicuo garrafón sólo aparece en operaciones puntuales de la Policía Nacional o la Guardia Civil. Apenas son unos miles de botellas entre los millones que se consumen al año en España. Y sólo es alcohol barato, no el veneno revientaestómagos ni el aguarrás machacacerebros que pinta la leyenda urbana.

Así que sólo hay conclusión: la culpa de la resaca es tuya.

La patrulla

Viernes, 00:30. Dos agentes de paisano del Laboratorio de Salud Pública muestran sus carnés al puerta de Liberata, una discoteca pija junto al Bernabéu. Hoy toca una inspección sorpresa en la que se revisará todo: las barras, el almacén, la cocina, las basuras... En total, cientos de botellas pasarán por sus linternas, con las que buscan indicios de manipulación: precintos agrietados, números de serie ausentes, residuos en el fondo de las botellas... En medio de la inspección, salta una alarma: uno de los agentes detecta una botella sin tapón regulador. El encargado le replica que esa marca de ginebra viene así de fábrica y, para demostrarlo, le entrega una sin abrir. En efecto: algunas marcas optan por este formato, tan reglamentario como poco habitual.

Tras una hora de revisión, los agentes toman tres muestras de whisky. Una irá al el laboratorio, otra se la quedará el dueño para un posible contraanálisis y la tercera, que serviría para desempatar, se la llevan los inspectores. Lo hacen por profesionalidad, no porque sospechen nada de esta discoteca en especial. «Nunca pillamos garrafón, pero mantenemos los controles porque los ciudadanos nos reclaman que estemos alertas», se justifica José Antonio Arribas, jefe del departamento de inspección.

Policía contra la resaca

De allí la muestra viajará al Laboratorio de Salud Pública, donde controlan el alcohol desde los años 80, en plena Movida madrileña. Entonces, el garrafón sí que era un fenómeno frecuente: tanto que ellos mismos diseñaron su propio test para diferenciar el scotch de su sucedáneo español. «Una vez me tocó inspeccionar un puticlub en el que vendían agua con caramelo como si fuera whisky», rememora Alberto Herranz, jefe del laboratorio.

En sus archivos, Herranz conserva el primer informe español sobre el garrafón, que data de 1986. Durante un bienio, analizaron 260 muestras de los tres destilados más consumidos de la época: ron, whisky y ginebra. De ellos, el 38% eran ilícitos, una cifra que se disparaba al 59% en el caso del escocés. Pero aquellos datos escandalosos se desplomaron a la nada en cuestión de una década.


Tres factores aceleraron la muerte del garrafón: la caída del precio del alcohol, la mejora del poder adquisitivo de los españoles y los controles de las autoridades sanitarias. Además, desde 2000 vender alcohol rellenado se considera un delito contra la salud pública. «A los hosteleros no les compensa arriesgarse para ahorrarse un par de euros por botella», asegura Bosco Torremocha, director de la Federacion Española de Bebidas Espirituosas (FEBE).

En campaña

Sin embargo, la leyenda del garrafón no sólo no ha decaído, sino que ha crecido sin parar. Resulta imposible convencer a muchos noctámbulos de que no les sirven veneno. Incluso el PSOE metió en su programa de 2008 la lucha contra el garrafón: el ministro Bernat Soria, toda una eminencia científica, prometió erradicar un presunto problema que, en el peor de los casos, se produce a una escala infinitesimal.



En los 80, en plena Movida, el garrafón alcanzó el 38%.


Dice Alarcón que las cuatro pruebas de su laboratorio no dejan lugar a dudas sobre la autenticidad de las muestras: miden el grado alcohólico para detectar si está aguado, analizan su color con un espectofotómetro, comparan el extracto seco del destilado con uno original que proporcionan las propias marcas y, finalmente, registran todos los alcoholes de la muestra con un ordenador, que los compara con el destilado original en una gráfica similar a un electrocardiograma. Se trata de una especie de marca de agua de las bebidas espirituosas que es imposible de clonar.

Este laboratorio no es el único que analiza el garrafón en España. Una treintena de ayuntamientos y autonomías realizan pruebas y, en todas ellas, el fraude se queda por debajo del 1%. En Granada se tomaron 80 muestras en bares y tiendas: cero positivos. Lo mismo ocurrió con el medio centenar que analizaron en Madrid en verano. «Todas genuinas, incluida la de Liberata», dice Arribas.

Otro timo

Sí que es más habitual otro tipo de fraude, que Alarcón muestra en su laboratorio. Son botellas con el lote rallado o sin precinto de seguridad. Pero no es un problema sanitario sino una vía para evadir impuestos: algunas empresas importan bebidas de países con tasas más bajas y las revenden aquí.


Este es otro de los pilares de la leyenda. Algunos bares aseguran que los distribuidores ofrecen dos o más precios para el mismo destilado. ¿Un indicio de garrafón? No, porque el contenido de las botellas es idéntico: sólo es un fraude fiscal. «Con los millones que cuesta crear una marca, nadie se la cargaría por aumentar un poco sus márgenes», dice Emilio Gallego, secretario general de la Federación Española de Hostelería.

-La gente no les cree-, le insistimos a Alarcón.

-Estamos deseosos de que nos digan dónde venden garrafón. Recibimos denuncias muy insistentes. Pero luego vamos allí, analizamos las muestras... y nada. ¡Es frustrante!


El científico ni siquiera es capaz de convencer a sus propios alumnos de un máster de higiene alimentaria. En clase enseña los estudios, basados en décadas de experiencia, pero a sus estudiantes les cuesta creerlos, pese a su formación científica. Se fían más de su propia experiencia: no sólo la resaca matutina, sino las veces que les han servido una copa maloliente y con un sabor raruno.

Eso sí que tiene explicación: la falta de higiene. El laboratorio lo descubrió a raiz de la denuncia de un cliente madrileño. Entre semana, las bebidas de su bar habitual le sentaban bien pero los findes, sin embargo, amanecía con una resaca descomunal. Tras varias revisiones, los inspectores detectaron la clave: el lavavajillas funcionaba mal y dejaba restos de detergente en las copas.

A las tantas de la madrugada, la higiene deja de ser una prioridad. Así, se acortan los programas de aclarado o, incluso, las copas sólo se pasan por el grifo con un chorro de detergente cuyos restos pueden provocar intoxicaciones. Otros focos de suciedad son las rodajas de limón sin lavar o el hielo mal almacenado, que absorbe los olores de las cámaras frigoríficas. «Pero, en general, se trata de dosis mínimas de productos que no resultan tan tóxicos», dice Ana Isabel Vitas, profesora de Higiene Alimentaria de la Universidad de Navarra. «Es cierto que dan mal olor a las copas, pero tanto como provocar cefaleas o indigestión.... La gente me dice: "Anoche me dieron garrafón". Y yo les respondo: "¿Sólo en la última copa o en las 12 anteriores?"».


De vuelta a su laboratorio, Alarcón arremete contra quienes reniegan del garrafón y, a la vez, aceptan gustosos las frascas de orujo que tan de moda se han puesto en los restaurantes. Esa es su máxima preocupación ahora: estas bebidas que escapan a su control. Nadie analiza estos destilados, que los consumidores identifican como artesanos cuando, en realidad, muchos provienen de destilerías semiclandestinas.

La tendencia se ha disparado en los últimos meses. En su laboratorio se amontonan decenas de envases gigantes de aguardiente, licor de hierbas y crema de orujo a la espera de sus pruebas. Ya lleva más de 15 análisis en lo que va de año. «Eso, y no el garrafón de los bares, es lo que debería preocupar a la gente», se lamenta Alarcón. «Pero, claro, ¡resulta tán cómodo echar a otro de la culpa de tu resaca...!».

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fuente: El Mundo >>
 



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