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«El problema llegó cuando empecé a beber en casa mientras estaba sola» (17-11-2015)

FOTO: Maite, de espaldas, habla con el director del programa Itxaro, Esteban Pérez. / UNANUE

EUSKADI, Maite es una de las atendidas por Proyecto Hombre, que por primera vez en treinta años cuenta con un programa de mayoría femenina.

«¿Tú una mala madre? Ama... Pero si yo tengo unos recuerdos infantiles preciosos, mejores que los de cualquier otra persona. Siempre me he sentido una privilegiada». Hay expresiones, sobre todo si vienen de una hija, que provocan un subidón más alto que el mejor de los tragos. De forma especial si esa copa de vino en soledad, con la tele puesta, lo que quiere evitar es esa tristeza inmensa que se apodera de una mujer cuando llega a casa.

Maite es donostiarra y tiene dos hijos de 26 y 23 años. Como es lógico ya hacen su vida, pero, sin embargo, han apoyado a su madre en todo este proceso para vivir sin alcohol en el que todavía está inmersa y por el que camina de la mano de Proyecto Hombre.

«Sé que los dos están orgullosos de mí, de que esté consiguiendo el reto que me propuse para dejar el alcohol del que tanto dependía y por el que tenía que mentir. Mi hijo no ha faltado nunca, pero nunca, a las terapias multifamiliares y tampoco me ha ocultado ante sus amigos. Después de tanta culpabilidad que he sentido, de tanta amargura, ahora siento que puedo ir con la cabeza alta por la calle. Además, me encuentro mucho mejor».

A escondidas

Maite supera los cincuenta años y se ajusta en gran medida al prototipo de mujer que se trata en estos momentos en el programa Itxaro de Proyecto Hombre que dirige Esteban Pérez, uno de los creadores de la iniciativa y miembro de la organización desde su creación.

«Tuve que pedir la baja porque temía hacer mal mi trabajo. Y eso no podía soportarlo»

«Después de tanta amargura y tanta culpabilidad, ahora puedo ir con la cabeza alta»

Él explica este nuevo perfil que se está tratando en este momento y que va cogiendo peso en las estadísticas, desde que en 2008 se creara como tratamiento específico.

«Son personas que beben a solas y a escondidas, que no meten ruido, que no la lían como un hombre cuando llega borracho a casa. Padecen muchas veces una depresión existencial, un síndrome del nido vacío y es difícil detectar el problema porque utilizan, por ejemplo, el vino que hay en la despensa y que se usa, en principio, para cocinar. Suelen tener marido, pero la relación sentimental con él está rota hace muchos años y apenas hay nada que no sea rutina y silencio. Este problema de alcoholismo es más habitual en amas de casa».

Maite está separada hace años y siempre ha trabajado. Se ocupó de sus niños, de que no les faltara de nada y de que se divirtieran. La hija se casó, el chico se pasaba el día con su novia y cuando ella llegaba a casa del trabajo le esperaba una casa vacía y, sobre todo, mucha soledad. El vino y la cerveza, «nunca he sido de copas de más graduación», le ayudaban a pasar esos ratos, después de que la puerta de su hogar se cerraba detrás de ella.

«El problema llegó cuando me convertí en una bebedora de casa. En la calle me comportaba como tantas otras cuadrillas, tomaba unos potes, pero nada más. Empecé a sentirme sola en una edad de cambios hormonales como son los cincuenta años y en la que siempre parece que te duele algo. Eso tampoco favorece nada para que superes algunos problemas Y te tomas un vino. Y otro, y uno más».

No sabe en qué momento exacto se dio cuenta de que las cosas no podían seguir como estaban, que se encontraba en un pozo, que dependía de la botella para sentirse bien. Se lo explicó a sus hijos y acudió a Proyecto Hombre porque le habían hablado de sus programas. Ha pasado por ellos, incluido el residencial en el que se alojan personas dependientes del alcohol y que ahora son más mujeres que hombres.

«Es duro, muy duro... Pero mis hijos me han ayudado mucho, incluido el chico, que igual es menos expresivo, pero que siempre está pendiente de lo que le pasa a la ama. No se avergüenza de mí y no sabes lo que supone eso para mí».

Maite espera 'graduarse', expresión que se utiliza en Proyecto Hombre cuando acaban todas las terapias. Ella todavía está en fase de reinserción. Ahora, cuando sale con sus amigas se toma un café, una tónica por la tarde y agua cuando sale a cenar. «A veces parece que no, pero hay mucha gente que hace eso y no pasa nada, disfruta igual. Muchas personas que salen por la noche cenan con agua, por cierto».

Nunca le tuvieron que llamar la atención en el trabajo, aunque llegó a un punto en el que pidió la baja para solicitar la ayuda que necesitaba y no hacer mal su trabajo. «No podía soportar el pensar en fallar también en eso». Ahora compagina su vida laboral con el programa de reinserción, con esas salidas con las amigas y, sobre todo, con sus hijos. Sigue acudiendo a los grupos y a los coloquios y sabe que es duro. «Pero me encuentro mucho mejor, mi relación ha cambiado, he descubierto nuevas cosas de mis hijos. Conozco compañeras a las que la familia no les ha ayudado, que tienen una pareja y que, sin embargo, nunca han podido contar con ella durante las terapias. Eso es muy triste. Yo he descubierto cosas buenas».

Sobre todo en sus dos hijos. Ella, la chica, le acompañó la primera vez cuando acudía para iniciar su desintoxicación llena de vergüenza, con mala cara y derrotada por dentro. Él, el menor, es su 'vigilante', el que constata que sigue siendo abstemia. «Físicamente me encuentro mucho mejor, el hígado es muy agradecido y se regenera. Todo va mejor. Quedan todavía algunas cuestas en esta Behobia-San Sebastián particular, pero me marqué este reto y lo voy a conseguir».

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fuente: Diario Vasco >>
 



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