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FOMO: LA RAZÓN POR LA QUE NO PUEDES DEJAR DE REVISAR TUS REDES SOCIALES

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Foto: Getty Images

NOTICIAS: 11.08.2021

Con la llegada del COVID-19, el FOMO es cada vez más común entre usuarios de Instagram y Facebook.

 

MADRID. Suena una notificación. A veces basta con la vibración del teléfono. Otras, sólo con que se encienda la pantalla. No importa si hay una película corriendo en la televisión, si al día siguiente hay un examen importante —para el que no necesariamente se estudió lo suficiente—, o se está teniendo una conversación íntima con alguien en persona. La ansiedad crece, crece, crece hasta hacerse insostenible: el impulso por ver de qué se trata es todavía más poderoso. Así opera el ‘Fear of Missing Out’ (FOMO) en el cerebro humano hoy.

¿Qué nos da tanto miedo?

FOMO
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El dolor es real. Cuando vemos que algún amigo salió a cenar con otras personas, o está de viaje con un grupo que no compartimos, un sentimiento de angustia abrumador se apodera del cuerpo. Este fenómeno sólo se ha intensificado con la presencia de las redes sociales que, por medio de la inmediatez, nos permiten tener una ventana a la vida de los demás entre las manos.

Facebook e Instagram son, tal vez, las plataformas más susceptibles de hacernos sentir este abandono. Las fotos de nuestros seres queridos ‘divirtiéndose sin nosotros’ realmente afectan hoy a las personas, según un estudio publicado por King University. A este fenómeno se le conoce como FOMO: la inquietud de no saber a cada momento lo que está pasando más allá de nuestro propio contexto. Incluso, a veces, de nuestras propias posibilidades:

“Las emociones son difíciles de describir, pero se siente como una extraña combinación de exclusión, autodesprecio y envidia. Es una sensación extraña y completamente vacía, y se está volviendo cada vez más común entre los usuarios de las redes sociales,” escriben los investigadores de la Facultad de Psicología.

Este fenómeno es consecuencia de la relación tan cercana que guardamos con los medios de comunicación y, especialmente, con las redes sociales. En la actualidad, ya representa un problema para la salud mental de las personas, quienes padecen de esta ansiedad crónica de no formar parte. Una publicación, un video, una fotografía pueden ser suficientes para que los usuarios se sientan excluidos.

Casi como un acto reflejo, la ansiedad se detona —y verdaderamente puede ser abrumadora.

De una pantalla a otra

FOMO
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En medio de la crisis sanitaria por COVID-19, el FOMO se ha convertido en un acompañante cada vez más ácido, pero silencioso. El contacto constante con las pantallas que ha impuesto el encierro nos obliga, incluso en nuestros tiempos de ocio, a mirar directamente otra pantalla. En consecuencia, los espacios de descanso digital se hacen más escasos.

De pantalla en pantalla, la interacción con otras personas se hace más distante y fría. Sin embargo, las repercusiones a nivel emocional se vuelven irónicamente más cercanas. El problema empieza cuando, cada vez con más intensidad, la percepción que tenemos de la realidad se ve distorsionada por lo que creemos que está pasando en la vida de los demás:

“Los usuarios de las redes sociales tienen las herramientas perfectas para resaltar representaciones fabricadas, exageradas o falsificadas de sus vidas en sus perfiles en línea, lo que facilita que otros usuarios los envidien”, se explica en el comunicado de King’s University.

De esta forma, la necesidad de pertenecer a un grupo, evento o incluso un momento efímero se vuelve más presente. El malestar, por tanto, también se dispara en medio de los encierros por la pandemia. Sumados al estrés constante y al trauma que de por sí genera estar confinados en casa, la necesidad de sentir un poco de libertad en el exterior se vuelve un imperativo al que no tenemos acceso.

Sin descanso

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A diferencia de lo que podría creerse, el FOMO no es un mal generacional. A pesar de que efectivamente afecta más a los jóvenes —quienes más consumen el contenido que ofrecen las redes sociales—, también está impactando a personas adultas. En este sentido, podría entenderse más bien como un mal de época.

John M. Grohol, especialista de Psych Central, lo define como “el potencial para tener simplemente una conexión diferente. Puede ser mejor, puede ser peor, no lo sabremos hasta que lo comprobemos “. Según el experto, este malestar ya está permeando en nuestras relaciones interpersonales, muchas veces en detrimento de las mismas. Finalmente, es una dinámica tóxica de querer aprehender un momento fugaz, que muchas veces está sobreproducido —y que no nos corresponde.

La urgencia por consumir estas mismas experiencias se ha acentuado para aquellas personas que han observado los protocolos sanitarios con límites más estrictos. Ya sea por pertenecer a la población de riesgo o por el franco terror a contraer coronavirus, mirar el mundo por medio de una pantalla parece la alternativa más segura para evadir la realidad.

A la par, ya no podemos tener un descanso a los estímulos digitales. Ya sea por las obligaciones laborales o académicas, la vida durante la pandemia nos ha atado más a las pantallas que necesitamos para interactuar con los demás. De cierta manera, también, para seguir con la vida. Quizá lo que nos hace falta es un ejercicio sincero de reconocimiento, en el que un viaje más o una comida espectacular fuera de casa no sean motivo suficiente para afectar nuestra estabilidad emocional.

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