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¿Por qué nos mamamos? El rol del alcohol en momentos extraordinarios

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Celebración en Madrid por el levantamiento del estado de alarma el pasado sábado. — Susana Vera / REUTERS

NOTICIAS: 12.05.2021

¿Celebramos porque bebemos o bebemos porque celebramos? Los festejos etílicos por el fin del toque de queda abren el debate sobre la ingesta alcohólica y sus motivaciones.

El fin del estado de alarma desató la jarana. La posibilidad de entregarse a la algarabía después de meses de restricciones en pro de la prevención se materializó el pasado sábado a eso de la media noche. Muchas de nuestras plazas fueron escenario de francachelas más o menos nutridas, congas variadas, aspavientos flamencos, profusión de abrazos y ánimo bullanguero.

También, cómo no, corrió el alcohol. Una constelación de minis salpicó las celebraciones, algunos incluso se alzaban bamboleantes sobre la multitud, como una suerte ofrenda etílica al todopoderoso. Una instantánea que ha dado mucho que hablar y que, si no fuera porque seguimos inmersos en una pandemia que se ha cobrado miles de vidas en nuestro país, pasaría probablemente desapercibida.

La alianza entre lo celebratorio y la priva no es cosa reciente. Se podría decir que se viene fraguando desde tiempos remotos. Quizá para entender la importancia que tiene la ingesta alcohólica en coyunturas festivas debamos, primero, acotar qué entendemos por celebración, en qué consiste y qué motiva aquellos momentos de euforia en los que el alcohol suele hacer acto de presencia, ya sea como instigador o como mero testigo de excepción.

Los actos extraordinarios requieren una serie de marcadores distintos, como pueden ser el alcohol o la vestimenta

“Cualquier tipo de celebración implica salir del marco de la cotidianidad, los momentos festivos son tradicionalmente vividos como momentos liminales“, explica a Público Natàlia Cantó, experta en Teoría sociológica de la Universitat Oberta de Catalunya. Es ahí, en esos instantes que transcienden lo que entendemos por ordinario, donde entra en escena el alcohol y sus cualidades, de sobra conocidas, para la bolinga y la disipación del personal.
Es precisamente ese carácter disruptivo frente a lo cotidiano que subyace en toda celebración lo que explica, en cierto modo, la alianza entre lo extraordinario y la ingesta alcohólica. “En el día a día no puedes consumir nada que te nuble los sentidos, la producción normal en la que nos movemos no invita a ello, el tránsito a lo extraordinario requiere de una serie marcadores distintos”, apunta la académica.
Marcadores que no tienen por qué estar exclusivamente vinculados al bebercio y que pueden hacer referencia tanto a un tipo de vestimenta determinada como a una actitud frente a la vida. Marcadores que dan un sentido diferente a lo que acontece y que nos permiten tomar distancia, aunque sea por unos instantes, de lo real.

El alcohol como límite

Mariano Urraco, antropólogo y profesor en la UDIMA, subraya el carácter fronterizo de la priva, como si a través de su consumo lográramos establecer una divisoria entre dos mundos que están en el mismo: “El alcohol permite separar los tiempos, marca el momento en el que podemos alterar un poco nuestra conciencia, es un momento destinado al disfrute y a la evasión“.

Una herramienta cuya utilización viene determinada por la propia sociedad, a fin de cuentas es imposible escapar a la presión que ejerce el entorno. “Llega un momento en el que una cosa lleva a la otra, siempre que se celebra hay algo que brindar, y siempre que se brinda hay que hacerlo con alcohol, es la sociedad la que dicta en qué momento se bebe y qué se bebe“.

Y luego está la juventud; ese estado de ingravidez provisorio sujeto, y de qué manera, al qué dirán los otros. “Cuando se es joven −prosigue Urraco− lo social tiene mucho peso, tu identidad está comprometida en cada cosa que haces o dejas de hacer, el grupo tiene mucho peso y el temor a ser estigmatizado por el resto cobra relevancia y explica, en parte, lo que ha sucedido”.

Fuente: Público

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