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Maltratada y adicta: “La droga era una forma de tapar el sol con un dedo”

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NOTICIAS: 22.07.2021

Ellas representan ese 80% de mujeres con adicciones que han sufrido todo tipo de violencia por parte de sus parejas o exparejas. RTVE.es habla con Ángeles, Hayat y Sara, en medio de la lucha por dejar las drogas y olvidar los malos tratos

EBBABA HAMEIDA
MADRID. Ángeles, Hayat y Sara son tres supervivientes. Su lucha es titánica, pero invisible y sus heridas tardan en cicatrizar. Su fuerza de voluntad puede quebrar en cualquier momento. Las tres son mujeres víctimas de violencia de género y, además, con adicciones. Las tres llevan más de un año batallando contra las sombras de un pasado cargado de oscuridad y cada mañana se despiertan con el reto de no consumir. 

Ellas representan ese 80 % de mujeres con adicciones que han sufrido todo tipo de violencia por parte de sus parejas o exparejas. La mayoría son jóvenes de34 y 41 años, según los últimos datos publicados por la Red de Atención a las Adicciones (UNAD), que cada año elabora un informe sobre los distintos perfiles. Las mujeres representan el 20 % de los atendidos por la red en 2019.

Un pasado común: adicciones y violencia

Ángeles F. lleva décadas luchando contra la droga y el alcohol. Acaba de cumplir 57 años, tiene VIH y está peleando contra un cáncer de colon. Está en un programa de acogida en un centro Galicia gestionado por Erguete, una asociación de prevención e intervención en conductas adictivas.

Tenía un grupo de música, había montado sus propias empresas y la cabeza llena de ideas, proyectos y negocios. La heroína, la cocaína y el alcohol se cruzaron en su camino. “Comencé a consumir porque me mantenía despierta. Hasta que conocí la otra cara de la moneda de las drogas“, asegura en una videollamada con RTVE.es. “Mi detonante que fue un compañero tóxico que me hizo pasar por un recorrido de drogas muy desagradable y con mucha violencia y muy deteriorada”, añade. Es madre de dos hijos, testigos del maltrato en casa.

Hayat lleva un año y siete meses de abstinencia. Nació en Marruecos y vino hace 15 años a España. Actualmente se encuentra en un piso del consorcio de Barcelona gestionado por la Fundación Salud y Comunidad y lucha por recuperar la custodia de sus dos hijas.

“Estudié Derecho pero no ejercí. Mis padres me casaron con un señor, el matrimonio duró cinco meses y cuando me divorcié estaba embarazada de un niño”, relata. Entonces, cruzó la frontera de forma ilegal y se encontró en un nuevo país prácticamente sola. La falta de documentación y el idioma la empujaron la prostitución: “No tenía otra alternativa para sobrevivir”.

Hace diez años conoció al padre de sus dos hijas. “En esta relación empecé a vivir violencia a diario y a escondidas comencé a consumir alcohol y después pasé a las drogas. La droga era como una forma de tapar con un dedo el sol“, dice.  En un principio solo consumía cuando se enfrentaba a esas discusiones.

Sara F. G. tiene 33 años y  lleva casi año y medio en una casa de acogida en Extremadura. Cuenta con el respaldo y la acogida de la asociación Apoyat en un programa de tratamiento residencial urbano para la desintoxicación, deshabituación e integración de mujeres que presentan problemas de drogodependencia.

La historia de Sara comenzó a los 16 años, cuando ya consumía alcohol y porros. “Mis padres se separaron y comencé a tener muchos problemas”, cuenta a RTVE.es. Intenta mantener la mirada, pero sus ojos se nublan al explicar que cuando tenía 27 años su madre se suicidó. “Me sentí muy culpable y la situación se volvió insostenible”, dice. A partir de ahí fue cuando pasó a consumir cocaína a diario. Sus relaciones sociales se deterioraron y sus relaciones de pareja tampoco la ayudaron: “Tuve una pareja en la que los dos éramos consumidores y me maltrataba. El último chico con que he estado me dejó porque yo consumía”.

Todas se refieren a la adicción como un “submundo cargado de machismo, mentiras y desprecio hacia las mujeres”. Sara coincide con Hayat en que el consumo era una “forma de evadir el dolor y refugiarse”.

“Recurren a las adicciones para evadirse del maltrato y el abuso”

Existen recursos repartidos por todo el territorio nacional que son mixtos y atienden a mujeres con los dos perfiles de maltrato y drogodependencia. “La gran mayoría son mujeres que han sufrido violencia de género, abusos y violencia sexual. Sufren en silencio y recurren a las adicciones para evadirse, afirma Patricia Martínez Redondo, antropóloga social y experta en género y drogodependencia.

“Está comprobado que el 74 % de mujeres que sufren la violencia machista consumen tranquilizantes y así comienzan a desarrollar una adicción. “Hablamos de una espiral de vulnerabilidad que representa un factor de riesgo para consumir sustancias”, explica Míriam Vázquez de Santiago, coordinadora de “Espai Ariadna – Saliendo del Laberinto”, una iniciativa que intenta dar respuesta a las necesidades derivadas de la intersección de las problemáticas de la violencia machista y las adicciones.

“Las mujeres que llegan a los centros de atención a drogodependencias presentan en muchas ocasiones una situación de malos tratos en la pareja y vuelven a establecer relaciones con varones que reproducen el maltratohacia ellas”, concluye Martínez Redondo. Además, asegura que se juzga mucho más a las mujeres con adicciones que a los hombres.

Entre las sustancias más consumidas por estas mujeres están la cocaína y el alcohol, aunque muchas recurren a ansiolíticos y somníferos, con o sin prescripción médica.

“Consumía a escondidas, me daba mucha vergüenza. Cuando mi marido descubrió que yo consumía cocaína la violencia en casa aumentó. Me llamaba yonki y drogadicta. Me insultaba, me humillaba y rechazaba”, asegura Hayat.

“Ser madre, mujer maltratada, tener sida y ser drogadicta no es fácil. Salir de ello no es fácil, pero con apoyo se puede. A veces he fracasado y he vuelto” dice Ángeles, que dice sentirse acompañada por todo el personal de la residencia.

Llegan a los recursos con los lazos familiares rotos. En muchos de estos espacios exigen que haya un familiar de referencia y, en algunos casos, puede coincidir con su propio maltratador. También suele pedirse un periodo de abstinencia, circunstancia que explica el bajo porcentaje de las que persisten.

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